Desde tiempos remotos, se venía celebrando en esa fecha un ritual aprendido durante generaciones, cuyo principal motivo era el fuego, la luz en la noche cerrada.
Oculto ya el sol tras las montañas, cuando las primeras estrellas se mostraban tímidamente en el horizonte, la gran hoguera situada en el centro del poblado era encendida. El resto de fuegos, que en las noches anteriores ardían en las cabañas, yacían apagados, quedando todo en penumbra, excepto lo iluminado por la gran hoguera. Y, reunidos a su alrededor, todos los habitantes participaban en ese acontecimiento, que celebraba el triunfo de la luz sobre las tinieblas.
Era el solsticio de invierno. La noche más larga. El día más corto.
Nadie dormía esa noche.
Todos cuantos formaban parte de la celebración, pasaban las largas horas de oscuridad cantando, bailando alrededor de la hoguera, realizando rituales cuyos orígenes se perdían en la memoria, pero que, año tras año, eran repetidos.
Nadie dormía esa noche, por miedo a no volver a ver la luz del sol.
Todos participaban en la celebración, por miedo a que, de no ser así, la luz perdiese la batalla que durante esa noche, la más larga del año, disputaba contra la oscuridad, y quedase derrotada, privándoles de los tan necesarios rayos de un sol día tras día más débil.
Con el tiempo, la batalla entre luces y tinieblas se celebraba también, en esa misma fecha, en los corazones de muchos de los presentes alrededor de la hoguera. Cada cual, a su modo, intentaba vencer sus temores, dar luz a sus esperanzas, acabar con sus miedos y, a partir de ese momento, seguir luchando con la fuerza que da una victoria. Pues, tras las largas horas de oscuridad, en el amanecer, la luz siempre vencía a las tinieblas, y los corazones, reconfortados por este hecho, recobraban la vitalidad perdida en tiempos olvidados.
Pues al igual que cada día amanece, y cada fría noche es, en ocasiones, dura, cada problema, cada golpe recibido por la vida, cada momento o época más o menos larga, al final, por suerte, terminará en un amanecer, y con la luz desaparecerá la oscuridad, el sufrimiento, y unos cálidos rayos reconfortarán incluso el corazón más tembloroso.
Y en ese ciclo incesante de días y noches, en ese baile de luces y sombras, de sufrimiento y felicidad, es necesario ser fuerte para superar cada problema, para vencer a las tinieblas, y a la vez sensible para disfrutar de cada momento especial, para lograr ver la pureza de cada rayo de sol.
Cada día anochece, cierto. Pero para dar paso a un nuevo amanecer. Único e irrepetible. Como cada momento en la vida.

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