Insignia identificativa de Facebook

sábado, 7 de septiembre de 2013

Tan fácil y simple como cierta

A menudo, las conversaciones que mantenía conmigo mismo me servían para desesperarme.
Otras veces, las menos, para reflexionar.

Eran muchas las preguntas que pululaban por mi mente.
Tal vez más, las reflexiones que éstas provocaban.
Pero sólo unas pocas las que me atormentaban.

"¿Cuántos años tienes ya?", me repetía desde hacía un tiempo, cada vez que recordaba, o me miraba en un espejo.
"Demasiados para mi edad." Contestaba casi siempre.
Quizás, por todo lo vivido. Quizás, por todo lo contrario.

"¿Y ese estado de ánimo?"
Era ésta la cuestión que me acompañaba en los momentos más bajos, en los instantes de inexistente autoestima.
"Sí, hace tiempo conocí ese estado... más bien, hace mucho tiempo... demasiado...", solía ser mi respuesta, triste, pero verdadera. Pues así era.


"¿Acaso los sueños sirven para desahogarte?", me recordaba mi mente cada día al despertar.
"Eso no lo sé. Pero la vida, o la realidad, me ahoga...". Lamentablemente.

"Y después de todo este tiempo, de todo lo pasado... ¿por qué sigo buscando?"
A lo que me añadía, tras sentir esta última cuestión inacabada, y esforzándome por reflejar en ella lo más posible a la realidad: "¿... siempre, aún sin esperanzas?"
Y con ello, la pregunta se repetía de nuevo en mu mente, como una burla fortalecida por la desgracia ajena...
"Y después de todo este tiempo, de todo lo pasado... ¿por qué sigo buscando siempre, aún sin esperanzas?"

La respuesta, tan fácil y simple como cierta...

"Porque es inevitable buscar cuando no se encuentra..."

sábado, 1 de junio de 2013

En lo alto

Anochece lentamente en la cima de la nada. Allá donde el más anhelado silencio se hace presente, y la soledad juega sin mucho éxito a pasar desapercibida.

Bajo el manto de nubes se alzan preocupaciones, temores, llantos, alguna sonrisa, desesperación entre esperanzas marchitas.
Lamentos subiendo tan rápido como se desmoronan las voluntades trémulas.
Sobre el mar de nieblas, a medida que oscurece, el cielo se ve más estrellado, las estrellas más brillantes. Distantes, pero presentes. Acompañantes.

Hay quien se va y quienes vienen, sin más ruido que el de su propia existencia.
Idas y venidas, despedidas como nieblas que se esfuman al salir el sol, y no siempre regresan.

Es allá arriba donde el peso de las cargas se desvanece, perdiéndose por el camino de subida, arduo y empinado, difícil en su largo recorrido hasta el final, como los que se toman para alcanzar lo valioso.
Pero si algo se hace de notar es la calma, plácida, tranquila.
Y el frío, tembloroso y cortante, recordándote dónde estás.

El apenas perceptible quejido del viento apaga otros sonidos, ya de por sí opacos.
Pocas cosas se mueven tan sigilosas como las que habitan estos lares, silencio, soledad, nada.
El tiempo parece parado, disfrutando de un sosiego difícil de encontrar.
Poco hay aquí, pero lo que se siente dice más que lo que puede escucharse en muchos otros lugares.


Al fondo, las cumbres de los miedos se alzan grandiosas, desafiantes entre penumbras.
Por todos conocidas aún sin haber estado nunca allí.
Quizá algún día...

Pero hoy he alcanzado esta cima, y estoy en lo alto, observando por un instante desde aquí, donde todo se ve más pequeño, menos importante, o imprescindible...
La luz de luna crea un ambiente mágico de claroscuros, mientras la marea de nubes pasa meciéndose alrededor, hipnótica, fascinante.

Cansado, encogido en mi insignificante pequeñez ante tal espectáculo, medito, a solas en el techo horadado de un mundo con goteras, en el que llueven témpanos de olvido.

En Lo Alto

sábado, 23 de marzo de 2013

Encontrarás dragones



 Viviendo entre miedos, ilusiones y marcadores, pasa la semana creando en mi mente onces iniciales, convocatorias, estrategias, argucias y los posibles sucesos de los 90 minutos del próximo sábado. Planifico mis sesiones y soluciono con inventiva. Mi afonía es característica e incomprendida, pero justificada por mi alma competitiva y trabajadora. Respiro psicología, esquivo miradas, repto entre francotiradores, castigo, celebro, maldigo, golpeo una pizarra; es quizás ese nivel adrenalínico el que me despierta cada día ser entrenador. El míster puede provocar muchas sensaciones a su alrededor: curiosidad, desprecio, amistad, aburrimiento, admiración… depende de la fase en la que esté pasando por un club, de su longevidad en el mismo y de los resultados; con el del último partido vale.

No me importa desayunar o comer sólo y si está con algún colega o aliado hago bolas de servilletas en los bares para explicar una jugada. Pierdo el hilo de muchas conversaciones ajenas al partido, miro el televisor sin ver la tele y leo varias veces la misma línea de la tercera hoja de un libro; son jugadas, recuerdos, errores, problemas por solucionar o cómo defender aquella falta lateral lo que me pasea por la cabeza a cualquier hora del día. El técnico tiene parte de su naturaleza enlazada a la soledad ya que es líder y pensador de un complejo colectivo. Es un romántico, está marcado, algo loco, seguramente quiera jugar y no pueda, y como revancha al deshielo de ego maneja el grupo.

Esa locura de entrenador viene arraigada por la fragilidad del valor de mis ideas y mi trabajo: los resultados son los dueños y los dragones son mis enemigos, la vanidad, los baches y los miedos. Ser entrenador es jugar al ahorcado: cada derrota es un brazo, la cabeza o una pierna hasta llegar a la soga. Un mismo entrenador puede ser revulsivo en un sitio y ser expulsado algo más tarde por la necesidad de un revulsivo que a su vez alguna vez también fue cesado por la necesidad de un revulsivo, por lo que creo que ser buen entrenador requiere aunar liderazgo y conocimientos, y la capacidad de ser ese revulsivo el mayor número de días posibles. Pero como dijo el “Sabio”, fútbol es ganar, ganar y volver a ganar… Aunque el deporte es mucho más que eso

miércoles, 20 de marzo de 2013

Enterrando palabras


La hoja, en blanco, sólo contiene renglones torcidos, vacíos. Insulsos, despojados de todo valor, esperan, quizá en vano, algo que les llene, y les dé sentido.

Dejo la vista clavada en ella, mientras mi mente viaja a lugares donde habitan los sueños. Y, con ellos, pesadillas e insomnios. 
La dejo vagar por ellos. Al menos, así no me atormenta. Por un tiempo.

A un lado, el bolígrafo, nuevo, lleno hasta los topes, parece burlarse. Seguro que, tras múltiples devaneos, cuando vaya a escribir la primera letra, no funcionará.

Esta vez sólo han sido necesarios dos intentos. Parece que tiene la necesidad de sacar lo que lleva dentro.
La tinta, negra, contrasta con la palidez del papel, formando signos, letras, palabras, frases, cuyo significado no siempre es el mismo para quien las lee, o escucha. 
La misma palabra, escrita o dicha en distintas situaciones, o por distintas personas, puede causar reacciones totalmente antagónicas. Desde una gran sonrisa o alegría, hasta lágrimas y la mayor tristeza. Incluso odio, dolor, rencor.
Todo ello, una sola palabra. 
Todo ello, una misma palabra.


Cierro los ojos. Las palabras con las que intentar dar significado a sensaciones y emociones parecen huir de mi mente, conocedoras del destino que les espera si merodean por ella demasiado tiempo. A veces, se amontonan, queriendo salir a la vez. Otras desaparecen, dejando el vacío como único consuelo. O tortura.


Me dejo llevar. 
Cuando me doy cuenta, los conceptos han comenzado a fluir, las frases a construirse, los párrafos a llenarse de sinsentidos.
Últimamente, los borrones y tachones abundan más. También los silencios. Y los puntos y aparte. De los suspensivos, prefiero ni hablar…

Tengo la sensación de que, tras cada pausa, lo plasmado en el papel quedará ahí para siempre, oculto para quienes no quieren ver, como si junto a la acción de escribir, estuviese cavando tumbas. Zanjas, en las que depositar significados fallecidos. Intentos fracasados. Oportunidades fallidas.
Nichos que no tendrán ramos de flores, ni siquiera marchitas. Ante los que no llorarán, pues las lágrimas ya se derramaron. Mucho antes de empezar a cavar.


Al final, termino, no siempre con punto final, enterrando una parte de mí. 
Y sobre la mesa, sólo quedan hojas escritas, repletas de tumbas sin nombre. 
Cementerios de palabras.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Montaña

Ocurre que, a veces, nos marcamos objetivos, metas, que sólo tienen sentido para nosotros mismos. Son esos propósitos que cuando únicamente dependen de uno mismo, hacemos lo posible por cumplirlos. Y este, pudiera parecer, era uno de ellos.

La innecesaria subida a la gran montaña, cuyas faldas comenzaban en las mismas puertas de su casa, y que, desde pequeño, había visto y admirado por su grandeza, era también un reto, un deseo que había tenido a menudo ya de niño, y que, ahora, acababa de cumplir.

La ascensión, en solitario, había sido dura. Lenta pero firme.
La llegada a la cima, y el breve descanso en ella, contemplando la belleza que le ofrecía la visión de un mundo hasta entonces desconocido, era una sensación especial.
Pero todavía faltaba lo peor. El descenso, tan o más largo que la subida, pero casi nunca tenido en cuenta por parte de aquellos cuyos ojos sólo son capaces de ver la cumbre, el camino hasta ella, pero que son ciegos en cuanto oyen hablar de bajar de cualquier sitio en el que se sienten superiores a los demás.
Es en estos casos en los que descender se convierte, inevitablemente, en una vertiginosa caída.


Conseguido.
Llegó al sendero que conducía hasta mi casa entrada la noche, con el sol durmiendo ya tras la cima que, al fin, había coronado, y cuya sombra le había cobijado durante el descenso.

Los pies, destrozados.
El corazón, fortalecido.
El alma, calma.
La sonrisa, acompañándome desde allá arriba, como si la hubiese encontrado allí.
Me crucé, llegado a los lindes del pueblo, con varios de sus vecinos que, tras saludarle más bien por obligación que por cortesía, me observaban como si de un loco se tratase, criticando, y a la vez envidiando, cómo tras perderme durante un día entero, podía volver sucio, mugriento... y sonriente.

Esa noche dormiría bien, no sólo por el cansancio.

Y es que la satisfacción por un logro conseguido, o simplemente, por el mero hecho de haberlo intentado, es imposible de apreciar por parte de aquellos que ni tan sólo se lo proponen.
Y esta satisfacción es valiosa incluso cuando se trata de aquellas metas que sólo tienen sentido para uno mismo.
Quizá sea, en este caso, en el que más preciada es...

lunes, 14 de enero de 2013

Mi mundo , tu mundo...

Como dice mi doctora he de buscar iconos positivos para buscar mi paz interior... La verdad es que he de hacer caso de sus indicaciones ya que lleva muchos años tratándome de mi locura. Una locura por un mundo ideal, un mundo donde el compañerismo, la igualdad de condiciones, el respeto mutuo, la comprensión y el esfuerzo tienen cabida en el mundo actual. Llegas a la conclusión que por mucho esfuerzo que dediques el mundo no lo vas a cambiar, pero sí aprendes a que si luchas puedes conseguir modificar tu mundo.

Uno de mis mayores iconos positivos es escribir, cada persona tiene su mundo, su vida,... y es difícil recibir un abrazo a veces o una simple frase de apoyo, de entenderte, de comprenderte... y la escritura me da ese cobijo. Un cobijo donde puedo expresar mis sentimientos, en momentos buenos y momentos malos. Por suerte o por desgracia mis momentos buenos los comparto con los míos, los malos me los guardo para mi... Y ése es uno de los motivos por los que mi doctora o "mi gente" se molestan conmigo. Supongo que en vez de molestarse deberían abrazarme o decirme que todo va a salir bien.

A lo largo de mi vida he tenido muchos errores, he fallado a mucha gente y soy el primero que me exijo cosas, intento aprender a ser mejor persona, a que mi entorno viva en armonía... Me han ocurrido cosas que nadie sabe, porqué el miedo a defraudar a mi gente es muy grande... un miedo a ser juzgado, un miedo que a la vez te da fuerzas a seguir luchando contra esos pensamientos tristes, de locuras invadidas por el vacío de mi interior. La gente que me quiere ha sabido entenderme, ese loco bohemio que imagina la ilusión del sueño.

Quise ser un buen estudiante, pero el preocuparme por los demás hizo que dejara los estudios a un lado, el ser un hijo o un hermano modélico hizo que cuando no lo pasaba bien no contara con ellos por miedo a defraudar, el exigirme ser un gran jugador de fútbol, el hacer deporte porqué en el colegio me decían gordo hizo sobrepasar mi salud y destrozarme la espalda. El fútbol hizo mi carácter, mi estilo de vida, me enseñó a competir, a demostrar que podía lograr objetivos, me hizo destrozar mi timidez, quitarme pensamientos obsesivos... Con el tiempo en mi plena juventud logré reivindicarme, logré que ese niño gordo tuviera un respeto en el entorno del fútbol, en mi mundo si, en mi colegio, en mi instituto, en mi pueblo, en mis campeonatos, ... Pero eso solamente lo sé yo. Nadie más. Soñabas con aprender de los grandes jugadores que compartían contigo un terreno de juego, soñar con llegar a lo más alto posible y reivindicar tus valores, siempre recordando de donde vengo.

He perdido mucho dinero en el mundo del fútbol, como jugador rechacé ofrecimientos por luchar con los míos, aún sabiendo que no lograría campeonatos, siempre quise luchar por un sentimiento que pudiera con las grandes entidades, que mi sentimiento por el fútbol era más fuerte que un fajo de billetes o unos intereses para jugar. Con 16 años entrenando y probándome con uno de los equipos más importantes de mi país tuve la desilusión más grande en este deporte que me hizo no esforzarme más y ver lo podrido que está este mundillo... No podía ser que un niño de un equipo de barrio que jugaba en un equipo de barrio, valga la redundancia, jugara en las posiciones de chicos con mejor orden social, la excusa de la estatura... y el tiempo que te confirma que tus sueños no se realizan por el orden social... Desilusión total, pero mal por mi porqué bajé los brazos... Tuve muchas equivocaciones y di más importancia en aquella época a los problemas de "mi gente" de antaño y me descuidé de mis estudios, de mi fútbol, de mi familia...

En un momento de mi juventud, busqué mi errónea rebeldía y tuve una época muy triste donde estuve metido en problemas muy gordos, en coger un camino muy difícil, donde por ayudar a personas salí muy escaldado, donde pierdes gente en tu camino o te traicionan el corazón y el alma. Ya no podía desahogar mis penas en el fútbol, le di prioridad a otras cosas, a esas cosas dañinas. Tuve que dejar de jugar por mis problemas de espalda y rechazar una oferta de jugar en un equipo importante para mi edad, pero eso ya no me importaba. Recordaré las palabras que me dijo el doctor que aún retumban en mi interior: chico, si no quieres quedar en silla de ruedas has de dejar el fútbol... Alguna de esa gente que compartía mi vida de cierta manera se alegraron porqué así podían compartir más tiempo con ellos, y me hicieron creer que dejar el fútbol sería lo mejor, no pensando en mi y si pensando en dedicarme a ellos. 

Me hice entrenador de fútbol porqué no quería ver a los niños de mi barrio en las calles descubriendo cosas que yo descubrí, querías hacerles ver que el fútbol es un estilo de vida que te apartaría de las malas costumbres. Mi mayor reconocimiento es el ver a esos niños siendo mayores y que aún se acuerden de ti. Los años fueron pasando y mi mundo me animaba a seguir mejorando, a entrenar a equipos de fútbol, que tenía don para llevar grupos, que me implicaba con la gente. Yo sólo he tratado de hacer ver que el fútbol era mi pasión, un orgullo, algo más que ganar un partido. Me dieron la oportunidad a los 28 años de llevar un equipo amater y fue un año terrible en críticas, ataques a mi persona, a pasarlo realmente mal, en volver a caer en mis crisis de ansiedad. El fútbol me estaba dañando, pero aún así seguí luchando y recuerdo el haber conseguido un título que dio mucha alegría a muchos jugadores, a muchas personas. Y ésa era mi mayor satisfacción, ver como gente mayor lloraba por el éxito, como un club se alegraba de esa victoria. Recuerdo que ese día que debió ser uno de los días más felices de mi vida, lo pasé con crisis de ansiedad, con una tensión que jamás olvidaré. Ahí empecé a aprender la soledad de un entrenador de fútbol. Te desvives para que los jugadores sean felices, le escuchas sus problemas, les ayudas a mejorar y cuando consiguen sus propósitos se olvidan de uno. De ahí las palabras en las que un jugador es muy egoísta. Recuerdo a muchos de mis jugadores que fueron criticados por una directiva, por unos aficionados, por (como digo yo ahora) "eruditos del fútbol" que los dilapiraron con sus críticas, todo por no saber los problemas que tienen. Recuerdo como he priorizado mi vida, mi tiempo, mi familia por esos jugadores, por esos equipos... Nadie sabe lo que es pensar 25 horas al día en esa gente, en esos clubes donde has prestado tus servicios, en esos jugadores que has dado prioridad. Gritaré alto que he perdido tiempo en el amor, en la amistad, en mi trabajo, en mi salud. Mis doctores me obligan a dejar el mundo de entrenador y siempre me negué. Supongo que a veces hay que priorizar. He dado muchísimo por el fútbol. Sólo una vez lo aparqué unos meses por un tema importante de salud. Hace unos meses en un club donde me forjé y aprendí muchísimo, donde me dieron confianza pude desarrollar un buen trabajo, pero para ciertas personas al no conseguir un ascenso, de un plumazo, sin darte las gracias y encendidos por algún erudito del fútbol te humillan... sí, así me sentí yo. Aprendí de nuevo, que en el fútbol las órdenes sociales pueden más que la humildad.

Actualmente, decidí aprovechar la oportunidad que me brindaron para aceptar una proposición de entrenar a un equipo muy competitivo, fuera de mi pueblo... me sedujo muchísimo la idea porqué se hacía real uno de mis objetivos como entrenador. Se depositó muchísima confianza en mi trabajo, habían ilusiones en hacer algo grande pero han pasado unos meses y el equipo que dirijo está en peor situación que sus años anteriores, me siento que he decepcionado a esa gente que confió en mi trabajo, no he sabido transmitir mi pasión por el fútbol, en hacer ver a los jugadores que lo importante es el grupo, que en los malos momentos es donde se ven las personas, donde hay que dar un paso al frente y asumir responsabilidades y de buscar soluciones antes que reprochar o buscar excusas. No es el fútbol que aprendí, yo luché por otro fútbol... el de agradecer la confianza que poseen en ti, en dar la oportunidad a muchas personas en crecer, en que te devuelvan esa confianza pero... Llega un momento que has de tomar decisiones en la vida: pensar en ti o confiar y seguir luchando por tus creencias. Siempre me he guiado por señales y por sentimientos. Esta vez no será diferente. Sólo decir que en cuanto mayor es la alegría de esas personas en verme en horas bajas mayor es la fuerza para resarcirme. Sólo que esta vez mis hechos no serán callados.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Nacido de un alma


Nacido De Un Alma


Nacido De Un Alma



Llegó ese día. Era esa una tarde especial. Lo notaba en el aire. Lo sentía en la sangre. Grises nubes se movían en lo alto, mecidas por un viento pausado. Toda mi alma permanecía en silencio, precavido, prudente, observando cuanto acontecía.

El sendero del vestuario, ascendente, estaba bien marcado en el terreno, durante largo tiempo transitado.
Siguiéndolo, se llegaba a un punto en la esquina del santuario quebrado, salpicado por suspiros de concentración, viejos testigos de hechos pasados. Empecé a recorrerlo, con calma, lentamente.

Bien es sabido que ningún camino es fácil. Tampoco este. Existía un momento en la subida donde el paso transcurría entre dos altas paredes, talladas verticalmente casi a la perfección. Ese era el punto crítico, en el que, a menudo, aquellos cegados por su instinto u obsesión caían en la trampa, colocada allí a conciencia, y quedaban apresados, a la espera de acontecimientos nada gratos.
Por suerte él, conocedor del peligro, había aprendido a sortearlo.

Más adelante, y a mayor altura, existía una puerta desde el que se divisaba la amplia llanura del terreno de juego situada a los pies de ese singular barrio. Solía detenerme siempre y divisar el horizonte, en esa ocasión borroso por una neblina que caía sobre la vastedad de cuanto podía alcanzar a ver.
En ese atardecer sombrío algo a lo lejos me llamó la atención. Observé, con mis ojos acostumbrados a la oscuridad, el movimiento rápido entre la bruma de varias figuras, apenas sombras en la distancia, como fantasmas en una noche cerrada. No les di importancia. Sabía quienes eran y conocía sus propósitos. Por suerte, donde él se encontraba, estaba a solas, alejado de influencias nada deseadas. De hecho, llevaba tiempo solo, y algo había nacido en su interior que le hacía intuir cuándo no era así.

La llegada a la cima era, al igual que la noche, especial. Similar y distinta cada vez. Una brisa calmada le recibía, un juego de equipo y sombras rivales me envolvía mientras andaba entre el banquillo y me dirigía al pequeño claro situado en el punto más céntrico. Mi zona, mi lugar, mi orígen que nadie me invadirá.
Era ese un lugar al que seguía volviendo cada cierto tiempo, aun cuando casi nada cambiaba en mi visita tras visita, rival tras rival. Al llegar, levantaba por vez primera en todo el partido mi mirada. Y allí estaba ella, cada una de esas noches. Tan bella como distante. Tan hermosa como lejana. Tan deseada como inalcanzable. Tan llena. Esa dulce victoria que muchos han ninguneado.

En esos momentos, poco más necesitaba que mi propia soledad... y su brillante compañía. Y, alentado por su gente, repetía siempre el mismo ritual, que a muchos estremecía.
Cerraba los ojos, bajaba la cabeza y, tras concentrarme, lentamente la subía, alzando su voz y aullando un lamento nacido de un alma... un alma de lobo.